
Dicen que hace mucho tiempo, cruzaba una lancha de Puerto Lòpez a Villavicencio y cuando se veìa acercar desde lejos le hicieron señas con una sàbana.
¡Llèvennos a Puerto Lòpez!; les dijeron. Y el capitàn preguntò:
¿Quièn paga el viaje?
No tenemos dinero, dijeron los envenenados, pero pagamos con ganado.
¿Quièn traerà el ganado? dijeron los tripulantes de la embarcaciòn.
Llevo un viaje de chanchos a la finca Moravista y si me demoro se me mueren aficciados, dijo el capitàn.
Pero nosotros somos gentes, dijeron los pasajeros que estaban sofocados por el calor.
¡Por Diosito! gritò el màs viejo de la isla. Tenemos un compromiso, dijo el capitàn y se volviò con los tripulantes y siguieron su ruta hacìa Villavicencio.
La lancha se fue y cogiò su rumbo hacìa la cordillera y desde entonces se perdiò en el lumbrar.
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